sábado, 25 de mayo de 2013
Pesadilla
¿De algo sirvio rezar a un dios sordo y mudo? ¿Es tan malo lo desconocido? ¿Por qué temer a lo que habita en la sombra…?
El jubiloso sol que lentamente perece para renacer da paso a un purpureo ocaso, tímido y melancólico, dispuesto a morir deseando no volver. En el cielo se cierne brillante e imponente una gibosa luna, dispuesta, seductora, simplemente poderosa y resuelta buscando perpetuar su dominio nocturno.
Un padre puede besar a su hija amorosamente con ojos vacíos y realmente estar en otro lado, tal vez en su trabajo o en el pesar que lo atormenta, puede besarla y sin embargo no hacerlo. Rezar por una noche tranquila de sueño para su pequeña prole, mas sin albergar interés en si aquello ocurre o no.
Tan pequeña, tan pura como es, rizos cobrizos; pequeños espirales de ternura enmarcando una tez de uniforme color marmoleo y grandes ojos avellana. Tan tierna edad y puro corazón, manjar para los señores del averno, descansando plácidamente en su cama, ignorante de la maldad del mundo exterior, tan cercano a ella, rondando.
El sueño ha derrotado su juvenil energía, sumiéndola en el abrazo de Morfeo, Reduciendo a nada el rugido de la noche; Azif. El termino árabe para el ruido nocturno, la voz de los demonios, Azif.
El sueño, puro y libre de culpa o pecado como este, por supuesto no esta hecho para durar.
Tan usual, tan común que ni lo sagrado escapa a ello. Al abrir lentamente, soñolienta como lo estaba, entorno con dificultad la mirada, aun desenfocada hacia el único lugar que no puede ser puro, su viejo armario.
Por fin logro enfocar la mirada solo para descubrir casi sin inmutarse que la puerta, lejos de estar cerrada como debería haberlo estado, se encontraba no solo entreabierta sino que, en el resquicio de la puerta se asomaban lo que parecían cuchillos curveados, su movimiento era lento pero continuo, con un pequeño haz de plateada luz de luna. La pequeña Inocencia, pues otro nombre hubiera sido inadecuado, se percató de que no
eran cuchillos, sino dedos terminados en garras metálicas, seguidas de un brazo de piel negra, parecido a escamas.
Con una garra se sostenía en el umbral de la puerta mientras con la otra empujó la puerta con tal fuerza que al llegar a su limite los goznes cedieron y la puerta permaneció colgando con las bisagras destrozadas y una figura humanoide se erigió encorvada a media luz que entraba por la ventana a través de las cortinas de un color gris vaporoso.
La piel era negra y rígida, como humo solidificado o carbón viejo. Flexible y húmeda como piel viperina, insidiosa. Púas se alzaban, blasfemas a lo largo de lo que debía ser una columna mas parecía una bestia delgada y fuerte, un exoesqueleto, como aquel de un insecto depredador. Sus ojos eran rojos y coléricos, moviéndose enloquecidamente por toda la habitación. Dientes afilados, estalactitas y estalagmitas metálicas bordeaban la cueva de lobo que su boca era, chorreando un liquido verdoso y de consistencia viscosa, que al caer al suelo quemaba sin flamas los tablones que lo formaban.
Una voz gélida atacó con violencia el aire al declamar, profano:
-Soy el hombre que golpea a su mujer mientras murmura que la ama, soy el grito inaudible de la víctima, soy el dolor que no se conoce y el pesar que los vivos prefieren ignorar, soy la Violencia del universo.
Violencia, sádica y maliciosa, se alejo del umbral del armario con pasos arrogantes y ominosos, en dirección a la pequeña aterrorizada. Pasmada como se encontraba, en vez de correr solo logro ponerse en pie a un costado de su cama, petrificada ante la encarnación del terror infantil.
Al llegar la Violencia al lecho de Inocencia, levanto la garra derecha, lista para desgarrar, sin embargo, con un movimiento fugaz la tomó por la cintura y la levanto contra su inhumano rostro, acariciando malicioso las tiernas y rosadas mejillas de la niña con una sola cuchilla de la garra izquierda. Una larga lengua bífida, verde como un pantano putrefacto, extendiéndose rápidamente, lamió su impecable cuello dejando tras de si ligeras marcas de quemadura, apenas mas brillantes que una quemadura solar.
El dolor logró que Inocencia reaccionara, mas lo hizo de forma inesperada: impulsándose hacia delante y abrazando tiernamente a Violencia.
El demonio, tras un segundo de sorpresa, tomandola por la parte trasera de su pijama la arrojo fieramente contra la pared al otro lado de la cama y exhalando irregularmente mientras daba zarpazos sin ningún tipo de control, arrazando cada pieza de la habitación que osaba existir en su camino.
Al alcanzar a la niña, observo deteniéndose, como pese a estar llorando desconsoladamente, sonreía con pureza, sin temor pero con pesar de algún tipo.
Levantando una vez mas las garras, la tomo por el cuello suave pero firmemente mientras con la otra arrancaba su cabeza y comenzó a devorar su inmaculado cuerpo.
Tras terminar el festín, aun goteando sangre, un aullido lastimero lleno la habitación mientras se desgarraba desesperadamente a si mismo mientras su viperina piel se regeneraba, sus garras se replegaron y disminuyeron, las púas de la espalda se secaron y cayeron como trigo seco bajo el viento, sus malignos ojos se tornaron color avellana y reflejaban compasión.
Dio la vuelta y tras entornar la mirada por un segundo para rendir mudo homenaje a la luna, comenzó una breve marcha casi fúnebre hacia el armario.
Ya en el umbral se detuvo un segundo, sosteniendo la puerta cerrándola lentamente y antes de cerrarla por completo un murmullo duro pero infantil fue oído:
-Mi nombre es Amor…
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