sábado, 21 de abril de 2012

La mansión del olvido


Las voces se han callado ya, los bosques dejaron de murmurar. 
Una obscura silueta se mueve errante a traves de un tortuoso y hace mucho olvidado sendero, la tunica que oculta la naturaleza fisica de este engendro se denota rasgada, presumiblemente por el camino rodeado de zarzas dejando dar un minimo vistazo de piel, una rajada de putrefacción cuya horridez solo es superada por el mezquino e ignoto aroma desprendido, como una blasfemia al entorno por esta rotura.

El camino asciende sinuoso bordeando un desfiladero, ocultando el mar, agitado y furioso similando el temido Maelström noruego,  arremetiendo salvajemente contra la escarpada piedra negra y mortecina que sirve como base a una mansion tenebrosa solo visible como silueta frente a una enorme luna llena teñida de vino escarlata.

Tras alcanzar finalmente el umbral de esta mansion se logra percibir la terrible arquitectura de la misma; cada una de sus torres, cercenadas, malignas y resquebrajadas, cada una coronada con una monstruosa gargola, quimeras y demonios de sardónica sonrisa amenazando con ojos de granito y piedra caliza a cualquiera que cometa la osadia de alcanzar este luctuoso lugar, iglesia de pecado y mórbida obsesion, coronada con un mortuorio chapitel de obscuro detalle y perfeccion tecnica.

La entrada resulta imposible para un hijo de la luz, solo aquellos bautizados en el odio y la sombra conocen la entrada. Al borde de las colosales puertas, en el lado izquierdo se encuentra un altar de piedra burdamente tallado. Sin un segundo de duda, con una piedra filosa marca una hendidura en su muñeca derecha bañando el altar con un profuso chorro carmesi y tras unos segundos de abundante sangrado, usando la mano izquierda dibuja en la puerta el simbolo y el portal del gran señor Marduk Kurios mientras murmuraba un cantico que solo podria traducirse como "Angelus exuro pro eternus venit... venit... tandem venit..." Tras unos segundos de agonica espera, con un chirrido el peso de las puertas venció los herrumbosos goznes y emitiendo un golpe sordo, cayó totalmente dando entrada al atrio de este lugar.

Al entrar solo se puede percibir el ominoso aroma de la muerte y el horror, capas de polvo cubren el lugar como un gris e inmenso sudario que nunca debería ser profanado. Un candelabro inmenso yace destruido al centro del atrio, victima del tiempo y los horrores albergados. El camino fue breve, el silencio solo ultrajado por el eco de sus blasfemas pisadas entre polvo y el crujido ocasional de huesos de roedor bajo su planta. 

Finalmente alcanzó la pieza principal y tras andar sobre una alfombra en otros tiempos purpura y gloriosa alcanzó el objetivo de su peregrinación: Un polvoroso trono de de obsidiana amatista habilmente labrado con motivos runicos, simbolos y frases de artes antaño olvidadas y misticas lenguas, ojos que no fueron hechos para ver tapizaban la pared tras este malefico trono.

Tras un largo suspiro y un murmullo ininteligible la criatura encapuchada posó su cuerpo en el trono al tiempo que retiraba la capucha de su rostro mostrando llagas y musculo carcomido y purulento, aparentaba una vejez incomparable, mas sus ojos eran jovenes y mostraban decision y sabiduria. Al momento de sentarse, sus apendices fueron atrapados con lo que aparentaba ser un mecanismo de grilletes. A la vez su cuerpo comenzó a menguar y replegarse, derritiendose mientras cada ojo de la pared despertaba concentrando su mirada en los restos del ocupante del trono, una masa semiliquida y maloliente parcialmente cubierta con una tunica raida y humeante.

Tras disolverse el ultimo rastro de vida en el trono, la paz del entorno cambió mientras el viento barría cada mota de polvo, a cada segundo que pasaba, el antiguo esplendor volvía a cada pieza del edificio, el brillo regresaba a los barandales de caoba, cada cuadro se llenaba de vida y nuevo color, el candelabro derruido regresó a su antiguo lugar de gloria como un sol balanceante y acompañado por una risa fria como un estertor y maligna como el inicuo la puerta retomó su lugar, resguardando la entrada que ahora permanece sellada esperando al siguiente sacerdote...

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